martes, 4 de noviembre de 2008

XIV Salón del Manga de Barcelona

El pasado día 30 de octubre dio comienzo la esperadísima decimocuarta edición de este acontecimiento, que duraría hasta el domingo 2 de noviembre. Por suerte, tuve la oportunidad de acudir por segundo año consecutivo y nuevamente lo hice con algunos de mi seres queridos (no hace falta extenderse), así que el viernes a las 17 :00 cogimos un tren que en cuestión de pocas horas (pocas comparado con la Guerra de los Cien Años) nos depositó en la estación de Sans sobre las 22:20 de la noche. Fue entonces cuando recibimos nuestra primera misión oficial: encontrar el hotel donde pasaríamos la primera noche de nuestro viaje express.

Dado que la información que teníamos sobre dicho hotel era su dirección señalada en un mapa de Google Maps, algún que otro comentario de turistas anteriores a nosotros poniéndolo a parir y la imagen de la fachada del edificio grabado a fuego en mi mente por cortesía de la opción Street View de Google Maps (una vez más), no deberíamos ser criticados por sentir una extraña incertidumbre sobre lo que nos íbamos a encontrar. Tras el sencillo trayecto en metro que nos condujo a la puerta del hotel (no sin antes localizar un restaurante/bar de tapeo que haría las delicias de nuestros raudos estómagos minutos después), pudimos observar que el señor Everest (supongamos que así se apellide el dueño del Hotel Everest) había decidido instalar la recepción del establecimiento en el sexto piso, así como la "primera planta" de habitaciones. Mediante el uso simultáneo de dos ascensores ascendimos hasta donde correspondía y el simpático recepcionista pausó la película que estaba viendo en el portátil para pasar a redactar a mano una serie de facturas equivocadas que acabarían con un último documento, esta vez correcto, que nos otorgaría una bonita habitación con vistas al hospital Sant Pau, e incluso a la Sagrada Familia. Subimos por las escaleras los pisos que restaban hasta la alcoba, ya que el ascensor sólo tenía el ciclo formativo de grado superior y no estaba capacitado para subir más alto, y dejamos los trastos para dirigirnos hambrientos al bar/restaurante de tapeo.

Dicho lugar bien merecería un artículo aparte, pero es demasiado trabajo, así que lo resumiré: el encargado/dueño nos recibió amablemente a las 23:30 avisándonos de que tendríamos que ser rápidos...

-HolaChicosBienvenidosAquíOsDaremosDeComer-
SiSoisCapacesDeTerminarComoMuyTardeSobre-
Las
12DeLaNocheQueEsLaHoraALaQueCerramos-
YNosPiramosQueHayQueDormir
.

(Recreación libre del autor del blog de la conversación mantenida)

Después de la introducción que nos ofreció se acordó de que había que respirar y nos dejó pasar con la condición que había dejado clara al principio; teníamos media hora para cenar, pagar e irnos. Gracias al Universo nos ofertaron una mesa en un excelente puesto, al lado de una pareja cuyo miembro femenino se lo hubiera pasado mucho mejor en el entierro de sus parientes más cercanos y también adyacente a un solitario señor que poseía una extensa colección de tics que mostraba sin el menor pudor; entre ellos estaba el clásico hablar solo, el sempiterno golpecitos en el suelo con el zapato o el bienaventurado relinchar como un hombre-caballo. Con este ambiente suavemente opresivo comenzamos a ingerir canelones sin ton ni son (la carne estaba mezclada con queso para abaratar, aunque resultaba mucho más sabroso así) y posteriormente debatimos acerca de los derechos de propiedad de una tarrina de all-i-oli que acabamos compartiendo todos como buenos hermanos. Mientras terminábamos nuestros respectivos cafés o flan, según el caso, las rejas metálicas de las ventanas empezaron a descender y ya sólo tuvimos tiempo para dejar el dinero sobre la mesa y lanzarnos al hueco de la reja metálica que no cesaba de menguar exponencialmente. Cabe decir a nuestro favor que conseguimos cenar y que seguramente Indiana Jones hubiera quedado atrapado tras la reja en nuestro lugar.

Al día siguiente madrugamos cual peregrinos del camino de Santiago con el fin de llegar a nuestro nuevo alojamiento y comprar materias primas con las que fabricar víveres para el resto de la jornada. En una bonita plaza, flanqueada por dos antiguos edificios, uno de ellos nuestro hostal, se encontraba (presumiblemente) la Catedral del Mar. No tardamos en darnos cuenta de que una vez más tendríamos que subir algunos pisos hasta la recepción. Por suerte (ja-ja-ja) esta vez sólo sería uno. La primera planta del aquel edificio equivalía aproximadamente a la cuarta o quinta en cualquier otro lugar del planeta Tierra, lo que no nos desalentó en absoluto. Lo que quizá si pudo hacerlo fue el hecho de que Pedro Picapiedra acostumbrara a usar modelos de ascensores muy posteriores. El simpático recepcionista, de origen presuntamente sudamericano y cuyo logopeda probablemente yacía en el fondo del océano con un bloque de hormigón atado al pie, nos atendió con absoluta amabilidad e incluso nos recordó que hasta las 12 del mediodía no podríamos entrar a la habitación.

Sin tiempo para nada, dejamos las mochilas temporalmente en el cuarto de las ratas y partimos hacia Caprabo/Mercadona/Carrefour o lo que surgiese. Surgió el último de los tres y en él nos aprovisionamos de sandwiches, ensaladas y refrescos, así como de merienda. Ya teníamos lo necesario para dirigirnos a l'Hospitalet de Llobregat, ¡al Salón del Manga!

Como el año anterior, los recintos seleccionados para el evento eran la Farga, el polideportivo y el centro cultural y un reguero de personas de todos los colores (de la gama del negro) caminaban cual insectos recolectores hacia alguna de las 3 colas existentes. No íbamos a ser menos, así que dimos la vuelta a la manzana, buscando el final de alguna cola, para entonces preguntar si era la correspondiente a la de compra de entradas. Fallamos el primer intento (demasiado fácil hubiera sido) pero a la segunda lo conseguimos con honores. Ya sólo nos separaba del objetivo una manzana, que abarcaba un centro comercial, entre otros recintos de similar tamaño. Una hora y media después teníamos nuestro pase y ya estábamos capacitados para reírnos sardónicamente de los que por entonces se encontraban al final, conviviendo con los habitantes de la tercera cola en discordia: la del puesto de churros. Teníamos la oportunidad de comer antes de entrar y aprovechar el momento oficial de la comida para visitar el lugar en su momento de menor afluencia y así lo hicimos. Engullimos nuestras ensaladas y sandwiches y con poco esfuerzo nos plantamos en las puertas del venerado Salón. La distribución de los stands era la misma que el año anterior, o al menos muy parecida, por lo que no nos costó orientarnos y empezar a descubrir todos los secretos del pabellón. Las dos primeras vueltas cortas observando por encima algunos puestos marcharon de maravilla, pero al intentar aventurarnos en el ala contraria de la nave fuimos arrollados por una masa de gente que se movía de forma similar a las placas tectónicas y nos fue imposible dar un paso. Era como intentar abrir una caja fuerte con papel cebolla. Los ataques de ansiedad rondaban nuestros sistemas nerviosos y nos vimos obligados a retirarnos de la batalla pero ya era demasiado tarde; por todas partes aparecían personas. Daba igual que fueran disfrazados o no, que fueran niños o adultos, altos o bajos, gordos o flacos, de mantequilla o de acero, porque todos habían llegado desde algún lugar con una única misión: empujarnos al pasar. Habían enviado desde el futuro a 5000 Terminators pre-púberes, púberes y post-púberes y NO era para protegernos. En nuestra desesperada huida tuvimos la oportunidad de comprar un adorable peluche de Kon y un tomo de relleno de Raruto. Intentamos relajarnos acudiendo a ver algunas actuaciones del concurso de cosplay o lo que fuera aquello que había en el horizonte, donde empezaba la cola, pero al ser una opción inviable desviamos nuestra atención hacia una cafetería. Varias deliberaciones después, el cosplay quedó descartado y pretendíamos dar un segundo y último repaso a los stands buscando alguna novedad. Una vez más, la cola era tan larga y las posibilidades de que el aforo se completara de un momento a otro tan grandes que no tuvimos valor para intentar nada. Con los ojos llorosos (al menos en mi caso casi) nos fuimos al metro con la idea de hacer una visita a un lugar emblemático de Barcelona que podía calmar ligeramente las ansias de subcultura que habíamos acumulado: la FNAC.

Efectivamente, fue una visita relajada ya que allí nos recibió una cantidad de gente mucho menos numerosa que en el lugar de donde veníamos (puede que incluso 500 personas menos). Conseguimos olvidar nuestras penas haciendo acopio de abundante material cultural y en algunos casos (como el mío) incluso de ideas para esta navidad.

Más tarde llegamos al hostal con el único deseo de que el Pizza Hut de le esquina no fuera un espejismo y nos ahorrara un viaje a Carrefour. 8 minutos y 5 campanaditas después, nos fue facilitada la llave de nuestra habitación, así como nuestras bolsas de viaje, no sin antes observar a una chica vestida con una toalla recorriendo el pasillo.De esta manera pudimos descansar e ir al baño (compartido) que, dicho sea de paso, estaba bien limpio hasta que algún cretino decidió que el olor de sus heces era un motivo de orgullo y dejó la puerta abierta después de "sacar a pasear" a su ano. Frente al Hostal Layetana se encontraba un reputado hotel de 4 estrellas de visitantes poco pudorosos que posteriormente nos ofrecerían un breve show de salida de la ducha, calzamiento de bragas, extraños movimientos de piernas, etc., protagonizados por una escultural (eso me dijeron) joven y su supuesto acompañante nocturno.

La cena prometida en el Pizza Hut transcurrió sin problemas aparentes y sólo cabe remarcar la amabilidad y simpatía de las camareras extranjeras frente a la falta de estas dos cualidades (no siempre) en la plantilla nacional. El postre estuvo compuesto por helado italiano de una acogedora heladería italiana (obvio) atendida por una joven italiana (probablemente heladera).

Dormimos profundamente (yo me sacrifiqué y dormí cómodamente en la auxiliar) y despertamos "animados" con la vuelta a casa. Un frappuccino y un café con hielo después caminábamos bajo la lluvia en busca de la boca de metro, cargados hasta los dientes. Mediante una de las dos rutas posibles llegamos alrededor de las 9:00 a la estación de Sants, donde cogeríamos nuestro AVE particular, a 17€ el kilo.

[El siguiente fragmento hay que leerlo con música melancólica de fondo y, a ser posible, pelando cebollas]

Amenazado por las olas que rompían contra los acantilados que bordeábamos, el tren avanzó con firmeza y constancia para, a las 14:20 aproximadamente, abrir sus puertas en la Estación del Norte y poner fin de esta manera a nuestro viaje a Barcelona.

¡Saludos!


P.D.: Como no pudimos ver gran cosa del Salón, he estado echando un vistado a los videos que ha colgado la gente con fotos y con actuaciones. Me ha llamado la atención este, por ser del Smash Bros. Brawl y estar bastante cuidado, incluyendo algun toque de humor y todo:


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