En la vida hay cosas que adquieren un valor superior en función de las veces que tenemos la oportunidad de vivirlas. Se trata de algo subjetivo, por lo que incluso el mismo hecho no tendrá necesariamente el mismo valor para dos personas distintas.
Me gustaba ver llover desde detrás de la barra del bar. No hay nada más elegante y delicado que cientos de miles de gotas de lluvia precipitándose cada segundo contra el suelo con la determinación de un caos ordenado, donde nunca dos de ellas llegan a tocarse, como una densa trama de verdaderas líneas paralelas trazándose a sí mismas sin descanso, para acabar en todos los casos estrelladas contra el asfalto en el que se desangran sus antepasados. Dicho así resultaba casi poético. No obstante, la lluvia en sí era solo la bufanda en un día de frío; hacían falta más prendas para completar la equipación. Esto era que no hubiese entrado nadie al bar en la última media hora antes del momento del cierre. Por extraño que pueda resultar, incluso en una zona como aquella, con un clima difícil, donde se tiende a pensar que la gente está acostumbrada a las inclemencias del tiempo, el número de viandantes se veía notablemente reducido en días como ese.
Teníamos lluvia y teníamos un bar vacío, escondido en un pequeño callejón (cosa que habitualmente no era un impedimento para la entrada de clientes). La situación podría no ser exactamente prometedora, aunque sí poco habitual, que es de lo que estamos hablando. Así pues, completé mi particular homenaje al dios de las precipitaciones contenidas y sensatas cargando en el reproductor un disco del magnífico John Coltrane. Jazz en estado puro. Sentado en un taburete, whisky en mano, escuché de la primera a la última nota balanceando mi cuerpo en un ejercicio más cercano a los espasmos de una electrocución que a cualqier clase de movimiento que pretenda seguir un ritmo.
Escuchar música en el local, amparado por la falsa sensación de intimidad que otorga la falta de clientes en el interior, me aportaba una paz interior que ninguna otra cosa podía darme, ya que en este caso disfrutaba también todo el proceso previo tanto como del resultado final. Algunos lo llaman nirvana y lo buscan durante lustros de intensa meditación; dedican mucho tiempo a pensar y analizar cuestiones metafísicas: el yo interior, el alma, la bondad, la existencia, el espíritu o los dioses. A mí me bastó con dedicar un par de días a comparar equipos de música y un par de minutos a comprar unos cuantos discos de jazz en una conocida tienda en línea.
Después de fregar el suelo y limpiar los baños cerré la reja de la puerta delantera, apagué las luces del local y salí por la puerta de atrás a otro callejón, ni más ni menos simpático que el de la entrada al bar. Abrochada la gabardina y bien calado el sombrero de ala ancha, partí de vuelta a casa con las manos ocultas en los bolsillos y un aspecto insoportablemente misterioso de gánster de película. La noche había convertido la ciudad en una habitación oscura llena de ventanas abiertas y yo tenía la sensación de estar saliendo por una de ellas, buscando la luz, enfrentándome al frío, la humedad y el silencio.
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