No paraba de atusarse el pelo con la
mano, colocando los dedos en garra. Un simple gesto, de delante hacia
detrás, que cabe suponer era un intento de mantener su peinado con
un toque espontáneo, absolutamente impropio en un señor trajeado de
mediana edad con aires de mafioso de poca monta.
- Me han dicho que eres el mejor para este asunto - le decía un hombre plantado a un palmo de su rostro.
- Soy el mejor "haciendo que parezca un accidente" - dijo, entrecomillando gestualmente la expresión, lo que resultó cuanto menos paradójico dada la sutileza de un gesto como ese. Inmediatamente se volvió a acariciar el pelo, que había adoptado un aspecto grasiento después de tanto manoseo.
- En ese caso no hay mucho más que decir, eres mi hombre. Debes saber que nosotros no negociamos las condiciones económicas. Tómatelo como un favor; si lo haces bien, puedes estar seguro de que no tendrás que preocuparte por el dinero en una buena temporada. De lo contrario, lo último en lo que querrás pensar será en una recompensa. ¿De acuerdo? - Le tendió la mano y giró la cara para mirar a través de la ventana con una mueca, mezcla de indiferencia y tedio.
- He de decir que no es mi estilo. No soy un tipo duro de película. Me dedico a esto como otros se dedican a arreglar coches o a poner ladrillos, por frío que pueda sonar. No me gusta vuestra oferta, pero entiendo que tampoco tengo elección. Por otro lado, confío plenamente en mi trabajo y estoy bien tranquilo al respecto. Así que no esperes que te dé la mano, no somos amigos ni estamos cerrando un trato de mutuo acuerdo. Eso si, me gustaría dejar clara una cosa; yo también tengo algo que decir, una única condición: una vez realizado el trabajo desapareceré y de ninguna manera contactará nadie conmigo. Así es como funciona y como siempre lo hago. - Mientras tanto, el otro hombre había retirado la mano lentamente y se disponía a sacar un paquete de tabaco del bolsillo de la americana. Colocó un cigarro en la comisura de los labios, desafiando a la gravedad en casi todas sus vertientes, y siguió mirando por la ventana sin dar mayor importancia a todo lo que acababa de oír.
- Te llamarán para darte los detalles. - Acercó un mechero dorado al cigarro, lo encendió y salió del local dejando un rastro de humo.
Un minuto después de que saliera el último individuo, es decir, tras sesenta segundos de silencio sepulcral, mi cerebro volvió a pedalear de la forma habitual y se puso en marcha.
¿Que no eres un tipo duro? ¡Pero si yo, un desconocido, sentado en una mesa a metro y medio de vosotros, he dejado de bombear sangre durante toda la conversación para que no notarais mi presencia! Todavía espero oír un ¡Corten! y que de repente aparezcan decenas de personas con cámaras, focos, micrófonos y demás elementos propios de una película.
Desgraciadamente, no parecía que fuera a ocurrir nada de lo anterior y todo apuntaba a que la conversación había sido absolutamente real. Uno ve cine, lee libros, imagina cosas, pero nunca planea qué haría en una situación así. Normalmente los mafiosos y asesinos a sueldo no frecuentan los mismos locales que yo. O al menos eso creía. No quise demorar más el momento de marcharme y fui a liquidar mi cuenta directamente a la barra, con la certeza de que mi rostro en aquel momento era un poema de lírica un tanto abstracta.
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