lunes, 12 de abril de 2010

¡Qué situación más tonta!

Quién iba a decir que pasaría todo aquello simplemente por sentarme en mi querido sofá. Verde oscuro de tela calentita sin origen conocido, cómodo como ninguno y dotado de dos orejeras, una a cada lado, que en miles de ocasiones han servido de almohada sin quejarse. Mi butaca de leer, donde las páginas de tantos y tantos libros han sucumbido ante mis ojos. Mi trono, mi asiento, mi descanso. Allí fui traicionado por mí mismo.

El orden es vital en una casa. La organización, el conocimiento exacto de la situación de cada objeto o mueble. Todo bien clasificado. Aquel día sólo falló un detalle, que fue suficiente para causar una verdadera situación de agonía o desesperación según el momento. Mis gafas de cerca, las de leer, quedaron encima del sillón cuando, en mitad de mi actividad, una urgencia fisiológica me llevó al baño en escasos segundos.

Tras un espacio de tiempo que se puede adornar con un selecto hilo musical, al gusto de cada cual, volví del servicio. Relajado, como no podía ser de otra manera, me senté de nuevo a continuar el capítulo que momentos antes me encontraba a punto de terminar.

Quizá la mala suerte o quién sabe qué, provocaron que al sentarme sobre mis queridas gafas, estas se quebraran, así como sus cristales, clavándose uno de ellos mi nalga izquierda. Cualquiera que lo imagine por voluntad propia, seguramente encogerá la cara en una mueca de dolor o repelús. Sin embargo, el dolor que me produjo no fue tanto como la impresión que dio el hecho de ver manar sangre por los bordes del asiento.

Como es lógico, lo primero que pensé fue que probablemente se trataría de un corte superficial, o puede que un poco profundo pero sin mayores consecuencias, más allá de tener que llevar a la lavandería la funda del sillón. Inmediatamente, me dirigí al baño, donde guardo el botiquín para situaciones incómodas. En cuanto llegué, me miré al espejo y vi que todavía tenía clavado un trozo de cristal clavado, que sobresalía un centímetro de mi piel. Lo saqué con sumo cuidado, no sin dolor, y lo dejé en la pila.

Entonces me dí cuenta de que de la herida manaba un líquido rojo a borbotones. Latido tras latido, mi corazón se estaba entreteniendo en expulsar de mis venas y arterias toda la sangre. En pocos segundos el suelo estuvo encharcado de parte de mí.

Y llegamos al momento actual, en el que me encuentro al borde del desmayo, tumbado en el suelo sobre un cálido charco, sin poder parar de decirme que en mi próxima vida usaré siempre lentillas.

2 comentarios:

  1. dices cara de dolor...xooo lo siento no he podido parar de reirme!!!!

    que cosas mas xungas te pasan rey....

    animo con las lentillas jejeje

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  2. Bueno, no son mis lentillas, yo no uso, en teoria era una historia ficticia que espero que a mi no me pase de momento. Igual ahora pierde gracia (¬¬') pero...

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